La historia del Congo Grande de Barranquilla – Barranquilla – Colombia



“¡Viva El Congo Grande!”, es el grito limpio y fuerte que retumba en las calles, acompañado del golpe del tambor, anunciando la llegada de la danza que representa a los guerreros africanos de El Congo en el Carnaval de Barranquilla.

Esta danza es el símbolo de la gran fiesta barranquillera y tuvo su primera expresión organizativa en 1875, lo que la convierte en la más antigua del Carnaval. “Nace fruto de los aportes de obreros de la ribera del río Magdalena y gente con algunos recursos económico, quienes decidieron formar un grupo para participar activamente en el jolgorio”, explica el investigador cultural y sociólogo Edgar Rey Sinnig, una de las voces autorizadas para hablar del folclor del Caribe.

Sinning sostiene que por haberse conformado en suelo barranquillero es la danza propia de la ciudad, “en términos de que fue organizada con gente de otros pueblos, pero con todo el espíritu del barranquillero”, afirma Sinning.

Esta danza callejera ha representado al Carnaval de Barranquilla en China, España, Estados Unidos, Canadá, y países de centro y sur de América. En algunos pueblos de la costa Caribe también se les suele ver en festivales y reinados.

Así son los congos

El Congo Grande nació en el barrio Abajo y su fundador fue Joaquín Brachi, barranquillero de ascendencia italiana, quien tomó la idea de los antiguos cabildos negros de los tiempos de la Colonia en Cartagena. Los orígenes se remontan a las danzas guerreras del Congo (África).

Fue organizada con gente de otros pueblos, pero con todo el espíritu del barranquillero

Los hombres, a los que también llaman negros, usan gafas oscuras, visten pantalones y camisa larga de colores vivos y brillantes, decorada con cintas y lentejuelas. En los últimos años utilizan los colores amarillo, verde y rojo, los colores de la bandera de Barranquilla.

Usan un colorido turbante semicilíndrico de 50 centímetros de alto, adornado con flores artificiales, que denotan su poder, del que se desprende una cola larga que llega a los talones, bordada con cintas, lazos, encajes.

En la mano derecha llevan un machete de madera con el que golpean el suelo y en la izquierda una vejiga de cerdo o un muñeco de plástico. El vestuario, que puede costar hasta un millón de pesos, representa la relación del hombre con la flora y la fauna.

Las mujeres llevan faldas con dos o tres volantes de los colores que identifican la danza, blusa escotada, flores en la cabeza y collares vistosos.

‘Trompeadores’ callejeros

Los congos se visten como si fueran a danzar antes de salir a una guerra. El origen de guerreros fue tomado en serio durante muchos años por algunos de sus miembros, y por eso son bien conocidas las historias de peleas que siempre se daban contra las otras danzas y por lo cual fueron estigmatizados como ‘trompeadores’ callejeros.

En la ciudad aún se recuerdan esas peleas que por años, en cada carnaval, protagonizaban el Congo Grande y el Congo El Torito. Si no era después de la Batalla de Flores, era el último día de carnavales, en el desfile de La Conquista. Las batallas de congos se daban entre barrios por la supremacía de cada grupo, por razones de orgullo.

Adolfo Mauri, director del Congo Grande, la danza más antigua del Carnaval de Barranquilla

Se trazaban territorios que no podían ser violados por determinadas danzas, y estos roces provocaban los enfrentamientos que dejaban más de un herido y muchos contusos.

Gilberto Charris Altamar, que por 45 años fue miembro y director del Congo Grande recordó esas batallas campales en las calles de Barranquilla. “Les robamos la bandera”, recuerda el viejo, y explica que en estas peleas las banderas no podían dejarse caer. Aunque tuviera la cabeza rota, el portador debía mantenerla en alto. Estas peleas se dieron hasta finales de los 60; hoy en vez de puños o palazos comparten los tragos de ron.

Familias de congos

Los congos son danzas en la que participan familias completas. Cuatro dinastías han dirigido el Congo Grande: los Macías y Brachi, los Lineros, los Muñoz y ahora los Mauri, cuyo director desde hace 17 años es Adolfo Mauri, cuyo padre y abuelo también ocuparon ese cargo.

También están los Bonifaz, que llevan cuatro generaciones bailando en el congo. Abuelo, hijos, nietos y biznietos, quienes entran desde niños y se retiran cuando el cuerpo no aguanta el trajín de la temporada carnavalera.

Antes de zambullirse en el jolgorio de los grandes desfiles como la Batalla de Flores y La Gran Parada, es común ver en las 20 danzas de congos a niños de brazos o en coches disfrazados en medio de rondas, animadas por el sonido del tambor, las palmas y los cantos que simulan una ceremonia ancestral, en la que los mayores del grupo les dan la bienvenida a los nuevos.

La danza del Congo Grande tiene su semillero.

“Es la simulación de un bautizo y todos hemos pasado por allí”, asegura Adolfo Mauri, director del Congo Grande desde hace 17 años, con un papel en la mano donde tiene registrados los 140 miembros de la agrupación folclórica. De estos, 80 son hombres y el resto son mujeres y niños, estos últimos ‘bautizados’ en las ceremonias que se cumplen en sus presentaciones públicas.

Para seguir con la tradición, llevó a su nieta de meses, para que como él mismo dice: “se acostumbre a estar en familiar en las grandes fechas”. Sus tres hijos ya pasaron por este ritual y son miembros activos de la danza.

No se pierde la tradición

En la danza del Congo Grande de Barranquilla hay hombres mayores con edades entre los 50 y 80 años. Algunos arrastran enfermedades como la hipertensión, la diabetes, o coronarias propias de la edad. Son artesanos, albañiles, carpinteros, comerciantes, o profesores que toda su vida han estado vinculados a esta danza como lo hicieron sus ancestros.

Es el caso Marcelino Carpio, de 74 años de vida, de los cuales 44 años los ha dedicado a bailar en el Congo Grande. Confiesa que tiene problemas de presión arterial y diabetes, pero que cuando llega la temporada de carnaval no se acuerda de ellos. “Gracias a Dios no me duele ni una muela”, exclamó con el vigor propio de un joven de 20 años.

También es recordado Benigno Hernández, quien falleció hace dos años a los 90 años de edad, que llegó a ser el congo más longevo del carnaval, y aún salía en los desfiles con sus hijos y nietos. Sus amigos lo molestaban porque todo el año se la pasaba con achaques, pero apenas sentía las brisas del carnaval era un hombre nuevo.

En sus años de estar en el grupo Adolfo cuenta que le ha tocado asistir a los entierros de unos 25 miembros. “Entre esos a mi abuelo Ventura Cabrera, que fue director del congo y que bajo su mandato ganamos muchos premios”, dice con algo de tristeza, antes de explicar que la única parte del disfraz que no se han cambiado en estos 144 años de fundación, es ‘la gola negra’ (capa) como un homenaje por los que hoy no están. “Les rendimos un homenaje a aquellos congueros que han fallecido”, agrega.

Otro que se mantiene firme en la danza es Jesús Noriega, un ebanista de 75 años de edad, que este año saldrá a bailar en honor de sus tres hermanos fallecidos que también hicieron parta del Congo Grande.

A pleno sol

En una cosa coinciden los integrantes del Congo Grande para bailar y aguantar los cuatro días de carnaval debe ser al son de un petacazo de Ron Blanco, trago tradicional de Barranquilla.

“Se siente más suave y da más fuerza cuando se tiene el vestido de congo en los carnavales, que cuando se lo toma en una tienda de esquina cualquier viernes del año. Ya estamos acostumbrados a torear el sol, mientras la gente nos aplauda sacaremos fuerza”, afirma Marcelino Carpio antes de ponerse de pie de improviso, dar tres violentos taconazos al piso y gritar con toda la fuerza de lo más profundo de su espíritu barranquillero: “¡Viva el Congo Grande!”, y salen los 120 congos en fila rumbo a la Batalla de Flores.

Leonardo Herrera Delgans corresponsal de EL TIEMPO Barrranquilla@leoher69

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